Meditación de abril del 2007

Vivir armoniosamente la relación entre Dios y los hombres, entre sí mismo y Sí mismo exige una apertura de consciencia y una percepción global de la evolución de la humanidad a través de las eras. Amar y ser amado es vital para nuestra aceptación de la vida actual, mientras que esta concepción no hacía parte de las preocupaciones de nuestros ancestros, hace dos o tres mil años.
Compartir su techo, su pan y su intimidad tampoco era una costumbre y los amigos no existían.

Todo evoluciona, los hábitos alimenticios, de vestido, sociales y las
necesidades de fuerzas vivas para existir en medio de los otros en función de lo experimentado y adquirido y de las expectativas de una sociedad en continua evolución. Amar a Dios ha sido la revelación de la energía crística y de todos los profetas de aquel tiempo. Ser amado por Él como un padre ama a su hijo es
igualmente muy innovador en la relación con la Fuerza Creadora. En esta época el afecto no estaba en boga y los pescozones hacían el oficio de caricias y de señales de amor. Ser alimentado, tener un techo, ser instruido por los mayores hacía parte de una continuidad que aseguraba la especie y que aportaba un
sostén a los más ancianos.

La fuerza del amor está activa a través de nuestra existencia de manera permanente. Amar la vida es el más bello regalo que puede hacernos nuestro ser, pues este amor transforma las dificultades y da el impulso necesario para avanzar sobre nuestro camino, sabiendo que todo está en permanente transformación.
¿Cómo aceptar las nubes o las tormentas, las noches y las madrugadas grises? Comprendiendo que todo es pasajero, que hay siempre una buena razón para que ello sea así y que a menudo la respuesta al «¿por qué?» llega antes de que el sol se ponga tras un día lleno de pequeñas dichas reconfortantes.

Amar su vida significa también respetarse, escucharse y entrar en relación íntima con su ser. Es ser consciente del amor de los otros por sí mismo y de la importancia de la familia en la relación con nuestras raíces y nuestro origen. Dejarse amar, instalar la alegría de vivir en las pequeñas y las grandes cosas da a la vida su sentido, su dirección y también su fuerza.

En su inmensa sabiduría, Dios ha previsto desarrollar el amor en el corazón de los hombres y de las mujeres, con el fin de ser reconocido en calidad de energía viviente y activa en la evolución que prevalece actualmente. El ser humano, antena entre el espíritu y la materia, es la manifestación encarnada de la existencia de Dios. Tener esa certeza en sí mismo es la más grande dicha que
la vida puede ofrecernos.


¡Ama tu vida y la vida te amará!