¡Deja a la fuerza del amor habitarte!
Meditación de abril del 2007
Cuando pedimos a la fuerza del amor habitar nuestra vida, ponemos nuestra vida en las manos de Dios en nosotros. Él nos conoce mejor que nosotros mismos, pues Él nos ha concebido y mantenido a todo lo largo de nuestra existencia, mediante su amor por la vida que Él insufla en nosotros. Él conoce nuestros extravíos, nuestras traiciones, nuestros demonios y nuestras cóleras. Él ve nuestros avances, nuestra progresión en esta evolución que está prevista de antemano y que hace parte de nuestro destino.
El karma reagrupa nuestro pasado de manera condensada y memorizada en nuestras células y nuestro ADN. Desde el momento en que hemos dejado el lugar donde éramos monocelulares hasta hoy, cuando somos un ser humano consumado, con una conciencia, un crecimiento y la responsabilidad de nuestra supervivencia en cualquier condición.
El dharma está ligado a nuestro aprendizaje del futuro y a los parámetros útiles para el crecimiento de nuestro cerebro y de todo el tejido cerebral que contiene nuestra alma y sus relaciones con la vida de tierra y de cielo, con nuestro pasado y con nuestra evolución personal en unas condiciones cósmicas cambiantes e inestables.
El alma es nuestra memoria viva, la que se construye a través de nuestras experiencias de vida, nuestras alegrías y nuestras penas, nuestras elevaciones de conciencia y nuestras pérdidas de facultades. Es con las fricciones que tenemos con la materia, los otros, nuestras limitaciones y nuestros sufrimientos como generamos la energía que alimenta el alma. Ella está construida por todo lo que somos y lo que nos volvemos aquí en la Tierra y en
nuestro recorrido, consciente e inconsciente, que nos permitirá llegar a ser esta frecuencia inteligente y omnisciente que crea los mundos y que genera los seres que evolucionarán y crecerán en esos lugares de evolución por crear.
La fuerza del amor es asimilable al Espíritu Santo y a la fuerza vital que sostiene el edificio y le da el impulso de crear su mundo y su porvenir en función de las herramientas que recibe en el nacimiento. Estas herramientas son nuestros padres, la herencia genética que ellos nos han transmitido y todo lo que hemos adquirido durante nuestras vidas precedentes y nuestras expansiones de consciencia.
El ser es una parte de nuestra alma que ha recibido la tarea de mantener y continuar la evolución del individuo en mejores condiciones para su evolución y su crecimiento. El ser está al servicio de la vida que se expresa en cada uno. Él la protege, la estimula y la dinamiza con el fin de mantener un equilibrio
entre acción y reposo, trabajo y recompensas, vida personal y vida social con el fin de utilizar de manera óptima la energía disponible para esta encarnación, exigiendo a la vez un suplemento al alma en las condiciones extremas, tales como las que vivimos en este momento.
La fuerza del amor se revela a través de los estados de conciencia que generan la alegría, la felicidad y esta sensación de ser habitado por una fuerza que anima nuestra vida. La sonrisa, la risa, las lágrimas, a veces, pero también este sentimiento de estar cerca de Dios, entre sus manos o sobre sus rodillas. ¡Sentirse amado por la vida y el Padre! En estos momentos todo es sencillo, límpido, justo a nuestro entendimiento y a nuestro impulso de amor hacia todo lo que pasa en nuestras vidas. ¡Basta un rayo de sol para cambiar el mundo! La risa de un niño resuena en el corazón y nos hacemos la promesa de hacerlo todo para que él crezca en la armonía, en la alegría de realizarse en esta existencia que no hace más que comenzar.
Cuando pedimos a la fuerza del amor habitar nuestra vida, esperamos que ella se manifieste para sostenernos, para cumplir nuestras promesas, para abrir los caminos que nos permitirán cumplir nuestra leyenda personal. Vivir con Dios en el corazón es una alegría que nunca se agota. Nosotros le ofrecemos nuestra
cotidianidad y todo lo que ello implica, y las dificultades son menos pesadas de superar, pues tenemos la certeza de que todo es pasajero y, sobre todo, liberador de la situación. Los duelos son aceptados en el respeto del destino de cada uno, pues la permanencia de la relación de amor no tiene necesidad de la
presencia física para evolucionar y amplificarse.
En esta relación íntima y profunda no hay lugar para la queja o la lástima. Nuestros demonios, nuestras cóleras y nuestras traiciones son puestos en escena sin descanso con el fin de darnos la fuerza para confrontarlos y alimentarlos con la energía de la superación. Dios conoce todos nuestros errores, nuestras mentiras y nuestras bajezas. Él acompaña nuestra transformación sosteniendo con mano firme las riendas de nuestra vida a fin de sostenernos sobre el camino de la evolución.
Dios en nosotros se manifiesta a través de nuestro Ser, nuestras
inspiraciones y los impulsos que nos empujan a avanzar a pesar de la fatiga, los dolores y los sufrimientos encontrados. Él siempre está allí, presente de mil y una maneras. Él revela a cada uno el objetivo por alcanzar y las razones de la superación. ¡El azar es el camino que toma el plano divino para viajar de incógnito; comprendámoslo y volvámonos partícipes de nuestros avances y nuestros descubrimientos!
El Ser se revela a nuestra comprensión mediante elementos dados a conocer a nuestra intención de manera permanente. Él toma todos los rostros, todos los colores del arco iris y todas las músicas. Él habla en nuestro corazón y abre las páginas de un libro. Él dirige nuestros pasos y hace resurgir los recuerdos. Él está en todas partes y en ninguna en particular. Él sabe cantar el amor y enjugar las lágrimas de las expectativas frustradas. Él es nuestro guía, nuestro amigo, nuestro confidente y nuestra conciencia. Él conoce todo de nosotros, no deja pasar nada y nos coloca en nuestro pasado justo en el momento en que todo está limpio y libre de los pesos del pasado. Él nos perdona nuestros extravíos y nos pide perdonar los de los otros en nuestro parecer. ¡Él nos ama con amor total, el Ser!
