Meditación del 3 de abril del 2006

¿Dónde se sitúa el odio en nuestra capacidad de amar? ¡A veces está tan cerca de los sentimientos recíprocos del compartir y el alimentar! Nos detestamos por alejar, rehusar, no amar, odiar en verdad, pues sabemos que todo se inscribe en el libro de la vida y que un día ella nos servirá de nuevo nuestras faltas de amor y de tolerancia. El odio hace parte del camino del crecimiento del ser humano. Es consecuencia de un bloqueo energético que se
trasmite a través del patrimonio genético.

El odio resulta de esta impotencia para conectarse a su fuente energética y elevar las leyes de la evolución sin dejarse llevar por sus altibajos. Se desarrolla una vez que todos los intentos fallan y
que es imposible suscribirse a una apertura y a una acogida del otro.

¡Es tan delgado el límite entre el amor y el odio! El odio nutre la vida de la persona que está habitada por este sentimiento. Alimenta sus resentimientos, sus argumentos, sus certezas. Lo
mental destruye los elementos positivos que podrían debilitar sus posiciones, puesto que no se puede poner en cuestión. La persona permanece fija a un esquema que se impone y sólo un amor más grande y más fuerte que el odio tiene el poder de liberar el potencial energético enquistado. O bien un evento fuerte
que modifique su tono vibratorio.

El odio se instala en todo, incluso en las más pequeñas contrariedades que se prolongan o se repiten. Es insidioso, pues perturba el orden establecido por las motivaciones de la vida. Se revela a través de impaciencias, reclamos, sabotajes y, a veces, de naufragios. Está ligado a estos sentimientos de impotencias, desesperos y depresiones que agotan la paciencia, la tolerancia y la moral. Acompaña a cada uno, pues hace parte de la dualidad que sirve de motor a la evolución de toda vida sobre la Tierra.

Toda persona que desarrolla el odio se encuentra a sí misma en medio de los vacíos existenciales que perturban el equilibrio y la salud. La persona no puede salir sola de este sentimiento, pues las causas están ligadas a una falta de energía en el centro del corazón. Necesita un impulso que se manifiesta en el momento en que el ser requiere de esta energía vital para construir el paso siguiente de la encarnación. Tal impulso puede ser una toma de conciencia repentina o llegar acompañado de un choque físico, psicológico o emocional. Puede provenir de una respuesta del espíritu a un proceso espiritual.

El camino de la unión con el amor total, que nosotros recorremos
juntos, genera este impulso de amor necesario para la transformación. A través de la disponibilidad de ustedes para recibir esta energía de vida, su existencia se nutre de elementos necesarios para esta transformación. Amar su vida adquiere sentido, pues este estado se alimenta de una amplificación de
percepciones y un sistema nervioso capaz de administrar este aporte con nuevas informaciones.