Meditación del 10 de abril del 2006
Cuando el amor empieza a faltarle a las células, el odio comienza a instalarse como un cáncer que corroe las mejores intenciones. La vida siempre nos sirve en bandeja los eventos, los encuentros y las situaciones destinadas a alimentar el vacío que socava cada vez más profundamente. Perdonar se torna inútil, pues el espíritu alimenta el odio por medio de razonamientos que siempre encuentran una resonancia con el estado del momento. La carencia energética ha iniciado su trabajo de destrucción
y se convierte en un motor, una razón de existir: la venganza.
Destructor y liberador a la vez, este sentimiento anima a la persona con una energía poco común, para que ésta obtenga reparación del amor propio herido o de la injusticia. Cuando todo se vuelve insípido en sí mismo, el despliegue de fuerzas y de estratagemas es el demandante de esta energía vital destinada a mantener el interés por la existencia. Este descenso a los infiernos puede estar acompañado por el entorno que, por debilidad, sirve de garante al proceso y sostiene a la persona ultrajada. Es así como se crea el racismo, la exclusión de ciertas etnias o de ciertas categorías de personas y las incontroladas detonaciones ligadas a la explosión de la energía de destrucción. La venganza se alimenta del miedo a perder su lugar o sus privilegios. Ella se apodera de todos los derechos y todas las formas, pues se regocija cuando el otro sufre o cuando su vida es desestabilizada.
Este pasaje tan difícil hace parte de la evolución de la persona y, si bien no puede avalarse, puede comprenderse y superarse con ayuda. Amar a nuestro enemigo no es una solución fácil, pues sólo una elevación del tono vibratorio del aspecto tratado puede conducir el odio a transformarse en respeto, en participación y en amor.
“¡Detesto a la gente que dice mentiras!”, es un ejemplo del odio subyacente. “¡Detesto los lunes!”, es una frase igualmente ligada a una energía de destrucción de aquello que recubre. Hay tantos pequeños odios en nuestras vidas que se disfrazan bajo el manto del juicio, del desprecio, del rechazo, de la suficiencia, de la maledicencia, etc. ¡La lista es larga! ¡El odio nos sitúa frente a nuestras limitaciones y a nuestra falta de tolerancia de tantas maneras!
¿Cómo transformar nuestras carencias afectivas con la vida? Tomando el camino del amor total, que liberará la energía útil para un reforzamiento del sistema nervioso y de inmunidad e instalará un estado de serenidad, de clarividencia y de tolerancia. En estas condiciones, la energía de vida se desarrolla dentro de una construcción y una participación, una reconciliación con el pasado y una realización personal que abrirá nuevos horizontes. El fortalecimiento de nuestro sistema energético está ligado a la evolución de cada uno.
Normalmente, la evolución se reparte a lo largo de decenas de encarnaciones y de vidas para alcanzar la expansión del ser en la materia. En la actualidad, la humanidad está situada en una aceleración del proceso con el fin de responder favorablemente a las transformaciones de nuestro entorno debido a movimientos cósmicos. ¡Juntos, abramos nuestras conciencias y nuestro corazón para acceder a un nuevo estado del ser, más sereno y más alegre!

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