Meditación del 17 de abril del 2006
La muerte lleva amor y odio en su equipaje. Es así como los seres se reencuentran en las encarnaciones siguientes, en otras circunstancias, pero siempre con un sentimiento por amplificar
o por superar. Volverse a encontrar con su peor enemigo en situaciones en las que no es posible retroceder, siempre es un momento fuerte y desestabilizador, más aun cuando la intuición habla, pero los recuerdos permanecen muy borrosos, ausentes en verdad.
Somos confrontados con esta dualidad con el fin de amplificar los frotes que fortalecen nuestra capacidad de amor a medida que se liberan el odio y la desesperanza. Reencontramos un equilibrio que estabiliza las relaciones, que aumenta la comunicación y que
desarrolla el respeto de sí mismo por medio de posiciones claras y expresadas. Cuando un conflicto se revela, secretamente o de manera clara, es útil acogerlo con el fin de darle la importancia que merece y la energía útil para la liberación de tensiones. La tolerancia genera la comprensión del camino de la evolución y la creación de un vínculo mucho más fuerte que el odio y que se
denomina: ¡amor!
Este proceso se encuentra en el crecimiento del alma, que adquiere una fuerza bien superior de cara a las influencias astrales e interestelares. Ella aumenta su peso atómico con el fin de no reiniciar más un recorrido que vuelve a poner a los hombres de las
cavernas en una lucha contra los elementos luego de cada conmoción importante del planeta. Progresivamente, el alma amplifica su campo de acciones dentro del sistema solar y más allá, unida al grupo que la acompaña desde su primera encarnación. Este grupo se ha formado en el momento de conmociones cósmicas que acompañan las explosiones, las fusiones o los nacimientos de estrellas. Ha resultado de la dispersión de átomos que sigue a cada evento mayor.
Aquello que está abajo es como aquello que está arriba y el desarrollo de la vida está ligado al crecimiento del alma, que guarda los elementos necesarios para la supervivencia de la
especie humana. El hilo rojo de su desarrollo es tejido por el amor que acompaña cada etapa dentro de una frecuencia nueva. Una vez que todas las frecuencias son elevadas por la energía de amor, el ser se fusiona con el alma, con lo cual se pone fin a la reencarnación. Entonces, la fuerza así creada deviene libre de proseguir su desarrollo en otros sitios, bajo otras condiciones.
El amor es el elemento motor de toda vida sobre la Tierra. Él disuelve la dualidad y amplifica la energía vital. Abre horizontes nuevos y genera la armonía y la felicidad. El amor permanece siempre más fuerte que el odio, pues es el motor de la superación.
Amar la vida es una etapa, amar Su vida es otra. Amar el plan de evolución es la etapa que libera de la dualidad y de la encarnación sobre el planeta Tierra. Juntos, avancemos en nuestro camino con el fin de abrir nuestras conciencias a una comprensión que facilitará la instalación de un mundo mejor.

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