Meditación del 20 de marzo del 2000

Dios, en nosotros, está manifestado por la frecuencia Pi. Ella es este "regalo" de bienvenida que la molécula ha debido aceptar en el momento de su entrada en la atmósfera del planeta Tierra. Ella ha generado modificaciones importantes de los átomos que la componían, que se han transformado y multiplicado en este contacto. La extensión de la molécula hasta el nivel de la materia ha sido generada por la resonancia de Pi que concreta, a través de la encarnación y la absorción, al nivel del núcleo, los desarrollos engendrados por esta impulsión.

Pi es una energía inteligente y concentrada al nivel del cuarto chakra, aquel del corazón. Ella simboliza la parcela divina recibida en el momento de fecundación por los dioses del sistema. Ella está destinada a favorecer la evolución de la persona en todas las condiciones requeridas por su destino. El amor es un estado que
genera una expansión de la fuerza de vida. El amor de Dios consiste en dar a toda vida las capacidades de superación de sus debilidades y de sus limitaciones de existencia.

La frecuencia Pi del ser humano limita su acción a la gestión del karma y de la evolución de la persona. Ella permanece conectada a la frecuencia madre que repercute de manera permanente las impulsiones necesarias para la aceptación de las modificaciones por venir. Esta energía representa el potencial de supervivencia y de superación de sí mismo e igualmente la reserva energética necesaria para la muerte y para el renacimiento.

La resonancia de Pi guarda los elementos de gestión del karma, que permanece como el motor de evolución de la molécula inicial. El amor se desarrolla cuando el nivel energético de la persona se pone en relación conciente con la expansión generada por la frecuencia de vida.