Esta palabra sánscrita describe una relación de causa a efecto que es bastante conocida por los pueblos de Oriente y que, bajo impulso de la iglesia cristiana, ha tomado el peso de nuestras miserias y de nuestro destino.

Las zonas de sombras del ser humano aparecen así bajo el impulso de una entidad exterior a la persona, quien intenta defenderse y deja a menudo la puerta entreabierta con el fin de no estar sola con sus demonios interiores. La apertura deja así que se escape la oscuridad que reina dentro y pone un poco de luz sobre lo que pasa en el exterior cuando las cóleras, las reivindicaciones, los actos nocivos y el odio se liberan por medio de este intercambio energético.

Es más fácil acusar a los otros que mirar en sí mismo. Cada uno tiene sus defectos y sus cualidades y ello es así desde el comienzo de la humanidad, pero la serenidad no se acomoda a este adagio. La responsabilidad personal tiene necesidad de un chivo expiatorio y los protagonistas exteriores dan buena conciencia a un comportamiento que carece del respeto por el otro. Dejar al niño interior expresarse sin intentar hacerlo crecer en sabiduría y en clarividencia es un error que puede ser corregido por un camino de
conocimiento de sí mismo y de aceptación de sus limitaciones.

El ser humano busca de manera permanente el equilibrio que le permite tomar su lugar en medio de los otros. Necesita ser amado y amar. La paz y la serenidad abren el espíritu a otras realidades imperceptibles cuando las tensiones gobiernan la vida. La alegría y
la felicidad reciben impulsos más amplios y sobre todo más finos que aumentan la calidad del amor y encuentran un eco interior que restablece la salud moral, psíquica, emocional y física.

Las debilidades son superadas por actos de vida repetidos que sacan a la luz el mal causado por éstas y que dan a la persona la fuerza necesaria para reparar sus errores de comportamiento en el respeto de ella misma y de los otros. Una calidad de amor y de compartir se instala en lugar de las tensiones y libera así el karma.

El alma es inmortal. A través del ciclo de encarnaciones, de elevaciones sucesivas, ella adquiere una fuerza que le da la expansión de conciencia que le corresponde. Algunas se vuelven millonarias en una sola vida y otras pierden su corona o su fortuna familiar. Otras revelan destinos excepcionales y viven una existencia muy simple la vida siguiente, con el fin de recuperar en todas sus células la energía consagrada al desarrollo de su cerebro.

El karma engloba la totalidad de la evolución del ser a través de las diferentes existencias, con el fin de convertirse un día en el alma, una e indivisible.

El karma negativo es el que coloca pesos sobre la existencia por medio de la penetración, hasta el nivel físico, de tensiones cósmicas desconocidas por la célula inicial. Ésta, por medio de sobresaltos existenciales, desarrolla la energía vital necesaria para liberar esos pesos y así amplificar la fuerza de vida.

El karma positivo libera la alegría de vivir, las felicidades, la abundancia, el éxito y la realización personal. Hace parte del tesoro interior que revela el Conocimiento e insufla la creatividad en todos los dominios.

La evolución del ser humano obedece a leyes de causa a efecto muy sofisticadas. Privilegia la fortificación de zonas debilitadas por las tensiones antes citadas con el fin de darles la capacidad de sobrepasar las limitaciones de vida que ellas provocan.

El karma reagrupa nuestro pasado, de manera condensada y memorizada, en nuestras células y en nuestro ADN. Desde el momento en que abandonamos el sitio en que éramos monocelulares hasta hoy, donde somos un ser humano íntegro, con una conciencia, un crecimiento y la responsabilidad de nuestra supervivencia en cualquier condición.

El dharma está ligado a nuestro aprendizaje del futuro y a los parámetros útiles para el crecimiento de nuestro cerebro y de todo el tejido cerebral que contiene nuestra alma y sus relaciones con la vida de tierra y cielo, con nuestro pasado y con nuestra evolución personal en condiciones cósmicas cambiantes e inestables.