Reflexión de agosto del 2009
El Ser es el nombre atribuido a nuestro nivel de conciencia que es el vínculo entre lo real y lo virtual, entre la encarnación y el centro energético que llamamos alma.
El Ser es la puerta que conduce a las frecuencias más elevadas de nuestra realidad humana. Esta puerta está abierta o cerrada, en función de las informaciones que son captadas y enviadas por nuestra alma. Éstas vienen de los planos inconcientes y de las memorias que están activas durante siglos. Sólo la síntesis de las experiencias pasadas es registrada con el fin de servir de referencia para la continuación de la evolución. Todo es utilizado, reciclado y sobre todo empleado con el fin de que ninguna energía se pierda en beneficio del vecino o de un campo perturbador. Es así como somos «protegidos» de las invasiones o de las infiltraciones de las frecuencias desestabilizadoras de nuestro medio ambiente.
Para acceder a las frecuencias más elevadas, el conciente necesita fortificar la base encarnada (el cuerpo físico) con el fin de evitar las enfermedades engendradas por una concentración demasiado grande de energía vital en el cerebro. Estando limitada la energía vital, ella sería insuficiente para un funcionamiento armonioso del cuerpo físico y del sistema nervioso, lo que provocaría enfermedades y desequilibrios perturbadores para una vida normal. El equilibrio no puede romperse sin poner la salud de la persona en peligro.
El ser humano no regresa jamás en su evolución y la transformación que sufre nuestro entorno es la respuesta directa a las transformaciones interiores que vive una parte importante de la población. Si las personas han sido preparadas para aceptar la mutación en curso, sus acciones estarán impregnadas de respeto de toda vida, y ellas desarrollarán talentos innovadores y positivos para todos. Si ellas no han sido preparadas, sus acciones sirven para dominar y para imponer su superioridad y su codicia en resonancia con los valores del pasado. El equilibrio se rompe cuando una de las categorías domina a la otra e impone un funcionamiento y/o una religión.
La relación con el Ser permite a cada uno entrar en conexión con los planos superiores de la conciencia que ha preparado este regreso «a casa». Antes de la encarnación, somos capaces de manejar todos los elementos que emanan de nuestro centro energético. Al momento del nacimiento, el «velo del olvido» nos permite desarrollar una vida encarnada en un cuerpo físico limitador desde luego, pero capaz de aumentar la frecuencia vibratoria del alma mediante la fricción de las diversas frecuencias entre ellas y de éstas con la densidad ambiental.
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